La inscripción de cortometrajes en festivales a través de plataformas ha experimentado en los últimos años un auge exponencial.

Esta tendencia comenzó a principios de este siglo XXI, con la plataforma Withoutabox, justo coincidiendo con el cambio tecnológico que transformó el rodaje y distribución de películas, cuando se empezó a abandonar el soporte fotoquímico y el digital inició su dominio de la industria que ha llegado hasta nuestros días.

Pero hagamos un poco de historia.

Cuando los cineastas que han vivido su carrera profesional a caballo de esta transformación tecnológica comenzaban a hacer sus primeros cortometrajes en soporte fotoquímico, allá por los primeros años noventa del siglo pasado, y tenían que enviar sus trabajos a los festivales, se encontraban con un engorroso proceso de inscripción. Aparte de tener que rellenar la ficha correspondiente a cada uno de los festivales, también debían enviar la película físicamente. Por entonces las películas eran tortas que se guardaban en cajas metálicas y que pesaban por lo menos cuatro o cinco kilos. Estas cajas se enviaban a través de servicios de mensajería. Como obtener del laboratorio una copia de cada corto suponía un alto coste, apenas se disponía de dos o tres para moverlas por los festivales. Por tanto, para enviar una película a algún festival, previamente había que recuperar la copia que se había enviado a otro anterior. Con este sistema era imposible enviar trabajos indiscriminadamente a cuantos festivales surgieran, y había por tanto que seleccionarlos muy cuidadosamente.

Por otra parte, en los festivales, surgía también un no menos complicado proceso de visionado y clasificación de las películas que les llegaban. Para empezar era imprescindible contratar un cine donde poder visionarlas. El propio proceso resultaba lento, pues todo lo que suponía cargar la torta en el proyector, enhebrar las perforaciones por todo el sistema de engranajes que arrastraban la misma, así como la obligatoriedad de esperar a que acabara para retirarla, rebobinarla al principio para dejarla lista para la siguiente proyección y cargar la nueva a visionar, hacía que el proceso fuera muy moroso y largo.

Por entonces, si tu corto era seleccionado en uno de los festivales, era costumbre que te invitaran a gastos pagados a pasar unos días durante la celebración del mismo. De este modo podías presentar tu trabajo, te relacionabas con otros compañeros y recibías del público su reacción.

Si tenías suerte porque tu trabajo gustaba, y entrabas en la rueda de festivales, podías pasarte casi todo el año viajando de un lugar a otro, conociendo las ciudades, su gastronomía, sus paisajes, y relacionándote con otros cineastas como tú con tus mismas inquietudes con los que compartir experiencias y proyectos. Vamos, que era una fiesta. Ah, y gratis, porque no había que pagar nada para inscribir los cortos, muy al contrario, además de asistir invitado, incluso en algunos te entregaban una pequeña asignación para gastos corrientes. Y por supuesto, te trataban como a un rey y te hacían sentirte el protagonista de esa gran celebración que era el festival y seguramente, en muchos casos, uno de los acontecimiento culturales más importantes de la ciudad que lo organizaba.

De entonces a nuestros días, como en casi todo, la situación ha cambiado radicalmente. Ahora se pueden inscribir los cortos en cuantos festivales se desee de un modo muy rápido, sencillo y práctico.

La tecnología digital permite disponer de tu corto en un archivo alojado en tu ordenador, en un disco duro o en una memoria USB. Desde allí puedes subirlo a cualquiera de las plataformas de inscripción en festivales que como decíamos han proliferado aceleradamente a lo largo de este siglo, desde la primera, Withoutabox, que citábamos y ya desaparecida, a la más reciente que ha ocupado su hegemonía, Filmfreeway, y otras muchas como Festhome, Movibeta, Shortfilmdepot, o Clickforfestivals.

En estas plataformas basta con rellenar sólo una vez una ficha con los datos técnicos y artísticos del cortometraje, subir las fotos que se deseen, el propio archivo de la película, y a partir de este momento ya se puede enviar con una sola pulsión del ratón de tu ordenador a cuantos festivales estén registrados en esa plataforma.

Hacer un cortometraje supone un esfuerzo enorme y requiere de un tiempo prolongado, a veces años, en el que hay que activar muchísimos recursos tanto humanos como técnicos y sobre todo económicos. Los entusiasmados cineastas, movidos por el empeño de hacer su obra y demostrar a la industria de lo que son capaces, habitualmente ponen en riesgo, casi de un modo kamikaze, sus propios recursos y hasta los de su familia, además de recabar la ayuda de cuantos se crucen un su camino, con el único deseo de finalizar la película que tienen en su cabeza, y sabiendo de antemano que no existe un mercado en el que se pueda optimizar todo ese trabajo, esfuerzo y gasto económico, o por decirlo claramente, que nunca, o muy excepcionalmente, van a recuperar el dinero invertido.

Y a partir de aquí entran en juego toda una serie de actores que le sacan, cada uno a su manera, un partido a ese trabajo. Primero las distribuidoras de cortometrajes, que en puridad no son lo que tradicionalmente se ha entendido siempre por una distribuidora, una empresa que adelantaba un capital a cambio de quedarse con los derechos de distribución de la obra y ayudaba así de este modo a su financiación, sino que más bien son empresas de servicios que mueven los cortos a cambio de una tarifa, luego están las plataformas de envío a festivales, de las que estamos hablando, los propios festivales, y hasta los escasísimos canales de televisión que emiten cortometrajes.

Pero los cineastas, los que generaron la obra, arriesgando sus propios recursos, en este proceso de explotación de su corto no sólo no obtienen prácticamente ningún beneficio, sino que tienen que seguir invirtiendo capital y gastando tiempo y esfuerzo en dar a conocer su trabajo, como es en el caso de las inscripciones en los festivales a través de las plataformas.

La inscripción de cortometrajes en estas plataformas suele ser gratuita, pero para enviar la obra a los festivales cada vez se ha hecho más habitual el cobro de una tarifa, bien por parte de la propia plataforma, por parte del festival, o ambos. Así, si quieren enviar su trabajo masivamente a festivales, han de destinar un importante presupuesto a la inscripción a través de las plataformas.

Parece un contrasentido que cuando era tan complicado y engorroso y requería tantos recursos enviar a un festival un cortometraje rodado en soporte fotoquímico no se pagara ninguna tarifa por inscripción, y ahora, con la facilidad que se tiene tanto para enviar los cortos a través de las plataformas como para su visionado por parte de los festivales, con la documentación y toda la información estandarizada que necesitan sobre cada pieza, además también a golpe de pulsión de ratón para visionarlo en cualquier lugar y a través de cualquier dispositivo electrónico, se tenga que cobrar por parte de las plataformas o festivales una tarifa para poder inscribir los cortometrajes.

El Festival de Cannes, por ejemplo, el más prestigioso del mundo, tiene su propia página de inscripción de películas y no requiere tarifa ninguna. Si este festival no cobra a los cineastas, ¿por qué el festival de un pueblo perdido del que nadie ha oído hablar jamás ha de cobrar?

Por parte de los festivales, cuando se les pide una exención de la tarifa, argumentan principalmente que con ese cobro ayudan a financiar el propio festival.

A nadie le obligan a organizar un festival de cortometrajes. Para la ciudad y/o el pueblo que lo organiza es un modo de promoción, contribuye a atraer turismo y crear imagen de marca relacionada con la cultura así como a generar riqueza. Los organizadores deberían de buscar sus propios patrocinios y financiación del mismo modo que los cineastas lo buscan para realizar sus películas. ¿Tiene algún sentido que los autores de los cortometrajes, sin cuyo trabajo no se podría realizar el festival, tengan que financiar en parte la organización del mismo? Esto es igual de absurdo que si pretendemos que una empresa nos decore nuestra casa y les cobramos una tarifa por enseñarnos los muebles que pueden ofrecernos.

Además, la enorme proliferación de festivales en los últimos años, en la que no hay población por pequeña que sea que no organice el suyo propio, ha degradado estos hasta tal punto que ahora es muy raro que si te seleccionan un trabajo te inviten a presentarlo, y si lo hacen, es por un tiempo muy breve en el que apenas puedes interactuar con otros cineastas o con el público y generar sinergias, objetivo que debería ser el prioritario del propio festival. Pero eso sí, cada uno cobra su correspondiente tarifa para poder presentar la película, tarifa que en muchas ocasiones es tan elevada que no parece en modo alguno justificada, sino más bien un modo de aprovecharse económicamente de los cineastas que tienen la ilusión de dar a conocer su trabajo tras un ímprobo esfuerzo para realizarlo. Y nunca deberíamos de olvidar que el auténtico protagonista de un festival tiene que ser siempre el cineasta y su obra, no la ciudad que lo organiza, o el producto que comercialicen sus patrocinadores

Otro de los argumentos recurrentes de los festivales para cobrar tarifas con las inscripciones es que debido al enorme volumen de trabajos circulantes debido al abaratamiento de los costes de producción requiere de mucho personal para visionar las obras y realizar esta selección con rigor. Pero esa labor es precisamente una de las que se ha de llevar a cabo cuando se organiza un festival, como otra cualquiera necesaria para la existencia del mismo, y no se puede transferir esa carga a quien provisiona del material imprescindible, las películas, es decir, a los cineastas autores. Y como hemos dicho anteriormente, y repetimos, el proceso de visionado a través de las plataformas de inscripción es muy fácil y rápido de ejecutar, además de que se puede llevar a cabo en cualquier lugar y momento que se desee y en cualquier dispositivo electrónico.

Parecería, según este argumento de los festivales, que ese visionado es un servicio que se te ofrece y por lo tanto habría que pagar un precio. Pero ya hemos dicho anteriormente que el festival, sin los cortos que lo alimentan, no se podría realizar. Y en cualquier caso, ¿quién visiona los cortos, qué preparación y rigor tiene, con qué criterio se realiza este trabajo? Cuando un cineasta inscribe un corto en un festival y paga una tarifa esto lo desconoce. ¿Quién compra cualquier producto o servicio sin saber qué y quién te va a dar algo a cambio?

Previamente a la inscripción del cortometraje en cualquier plataforma para enviarlo a festivales, los cineastas suelen subir sus trabajos a plataformas genéricas como VIMEO y otras semejantes donde los alojan. Desde estas, cualquier festival puede acceder al visionado de esos trabajos exactamente igual de rápido, cómodo y fácil que a través de las plataformas específicas de envíos a festivales. Cualquier cineasta que haya presentado un corto a un festival y lo tuviera alojado previamente en VIMEO, puede comprobar a través de las distintas prestaciones de esta página cómo en numerosas ocasiones el porcentaje de visionado del cortometraje por parte del festival apenas ha llegado a unos pocos segundos y no se ha completado.

Y después de todo, si puedes proporcionar a un festival el enlace del cortometraje para su visionado, y el festival no se molesta en verlo si no le pagas una tarifa, ¿ese festival se merece tu trabajo? Esto es igual que pagar para que te quieran. Y un cariño por el que se ha de pagar no merece tu interés.

¿Alguien se imagina a un director de prestigio, o un cortometraje que haya destacado en algún festival o haya llamado la atención por cualquier circunstancia, teniendo que pagar para inscribirlo en cualquier otro festival? No, ¿verdad? Es más, recibirá invitaciones expresas de los directores de cada festival para tener a ese director y a ese corto en su festival porque les prestigia. Por tanto, si alguien tiene que pagar una tarifa por inscribir un corto en un festival, se le podría aplicar aquel viejo adagio de que “si en una partida de póker no sabes quién es el “pringado”, el pringado eres tú”.

Por tanto, los cineastas deberían dejar de ser los “pringados” que paguen con sus trabajos y demás gastos de tarifas de festivales la fiesta que organizan los demás porque les interesa y algún beneficio sacan; si no, no organizarían el festival.

Los cineastas deberían también exigir respeto a su obra, porque si ellos mismos no se respetan y respetan su trabajo, ¿quién les va a respetar?; no sería la primera vez que en algún festival seleccionan y exhiben públicamente un trabajo y ni siquiera se lo comunican al autor. Cada uno puede contar a este respecto su propia experiencia semejante a esta o sobre incidentes parecidos que hayan tenido en algún festival.

Por último invito desde estas líneas a que se abra un debate serio y constructivo para que los cineastas no envíen sus trabajos a festivales que exijan una tarifa de inscripción o que obliguen a inscribirlos a través de plataformas que también requieran del pago de esta tarifa, pues con la tecnología vigente hoy en día esto no es necesario, y simplemente supone, como decía al principio, una cadena de intermediarios que sacan rendimiento del trabajo de los sufridos cortometrajistas que son los únicos “pagafantas” de las fiestas de los demás.

-FIN-

Cortometrajes, festivales y plataformas. Un artículo de José Luis Cubillo

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