La experiencia del metro en CDMX es un encuentro de soledad en multitud. Es la imposibilidad de mantener un espacio personal, de caminar por largos pasillos y bajar escaleras incesantes para subir escaleras interminables. Es comprar un artículo innecesario a vendedores clandestinos. Es estar sentado al lado de un estudiante que, entre ruidos, olores y empujones intenta poner orden a sus apuntes de clase. Es un destello de alegría escuchar el sonido de la llegada del vagón y encontrarlo vacío. Son las mujeres que se maquillan entre estaciones cuando creen que nadie las mira. Es el vaivén de cuerpos dormidos y cabezas tambaleantes al ritmo de los rieles. Es cada par de pies apresurados que redoblan su paso cuando el timbre del vagón anuncia el cierre de puertas. Y aún así, se quedan fuera. Esta es la experiencia de vivir, todos los días, a través de una ciudad subterránea.