Ella quiere olvidarse de Gabriel. Empieza entonces, sin preámbulos, la destrucción: cli-click (suena el encendedor para empezar a quemar objetos preciados) crashhhh / boooom / pssshhhhhh / plo-plo / pang / tocoplón. Empieza a mutilar todos los elementos que la obligan a recordarlo: libros, música, películas, su casa… hasta su propio clítoris. Todo. “Para olvidarme de Gabriel tendría que llorar mucho, llorarlo, para que se vaya hecho sal y moco en servilletas”, es lo que ella nos dice antes de llevarnos al último piso de la destrucción: una especie de cementerio de objetos y personajes de ficción. Allí, en medio de las ruinas encuentra algo: un cambio de sentido… un secreto.