Juan Sánchez Cordero, inocente de cualquier delito a excepción de una vida monótona, tiene la tarde libre y no sabe a donde ir, las calles de la Ciudad de Puebla se convierten en la mejor opción, rodeado de soledad e indiferencia, descubre en su imaginación a la compañía perfecta, sin darse cuenta un grito suyo ha bastado para reunir fe, surrealismo, fiesta, comercio, envidia, música, amarillismo y una soledad colectiva que termina con un grito. Definitivamente, Juan Sánchez Cordero era un hombre solo…